En el “A Fondo” de este mes hablamos de cómo el despertar biológico del fitoplancton se enfrenta a los retos de la crisis climática y a la transformación física del litoral.
La oceanógrafa Sylvia Earle asegura que, con cada aliento, estamos conectados al mar. No es una frase vacía: la mitad del oxígeno del planeta lo genera el fitoplancton, este equipo microscópico incansable que, cada primavera, protagoniza uno de los fenómenos biológicos más relevantes de la Tierra. Y es que, mientras en tierra firme la naturaleza florece, en el océano se produce el bloom (floración en inglés) primaveral, una explosión de vida que marca el inicio de la productividad anual y que exploradores como Jacques Cousteau ya definieron como el motor invisible de la vida submarina.
Este fenómeno responde a una mecánica física precisa que comienza a gestarse durante los meses fríos. En invierno, el enfriamiento del agua superficial la vuelve más densa, haciendo que se hunda y provoque una mezcla vertical de gran escala. Este movimiento actúa como un ascensor que transporta nutrientes esenciales —nitratos y fosfatos— desde las capas profundas hasta la superficie.
Con la llegada de la primavera, el detonante final es la disponibilidad de luz: con los días más largos, aumenta la fotosíntesis, y con el calor del sol se crea una capa de agua menos densa que flota y “atrapa” el fitoplancton, con todo el alimento y la luz necesarios. En océanos como el Atlántico Norte, las floraciones de fitoplancton pueden ser muy extensas gracias a una mayor disponibilidad de nutrientes. En el Mediterráneo, aunque la producción es más variable y a menudo menor por limitaciones de nutrientes, sigue siendo clave para sostener la vida marina, incluyendo grandes vertebrados como las ballenas.
Cambios debidos a las nuevas amenazas en la costa
Sin embargo, este pulso natural está sufriendo alteraciones significativas. En el ICM, algunos grupos centran su investigación en cómo la actividad humana y el cambio climático están transformando estos ciclos hacia escenarios más complejos. Ya no solo observamos los blooms beneficiosos de diatomeas que alimentan a los peces; ahora proliferan con mayor frecuencia las llamadas Proliferaciones Algales Nocivas (HABs, por sus siglas en inglés). Especialmente en la costa, estos blooms ya no dependen solo de la mezcla natural de nutrientes del invierno, sino que se alimentan del exceso de nitrógeno y fósforo vertidos al mar a través de la agricultura y la población humana.
Uno de los casos más paradigmáticos analizados es el de la microalga Ostreopsis. A diferencia del fitoplancton clásico que se deja llevar por las corrientes y las olas, Ostreopsis es un dinoflagelado bentónico: vive encima de macroalgas y rocas en zonas poco profundas. Esta microalga, tradicionalmente tropical, ha encontrado en la “tropicalización” del Mediterráneo su nuevo hábitat ideal. El calentamiento del agua y la presencia de infraestructuras humanas como puertos y espigones, que alteran la circulación del agua y la arena, crean el “caldo de cultivo” perfecto para que, coincidiendo con el calor del verano, sus poblaciones crezcan de forma desmesurada.
El vínculo entre la ecología marina y la salud pública
La presencia de estas microalgas no es una simple curiosidad biológica ni un fenómeno aislado; tiene un impacto directo y tangible en nuestra sociedad. Diversos estudios liderados por el Instituto, especialmente en puntos donde las proliferaciones de Ostreopsis ocurren cada año, han establecido un vínculo claro entre ellas y diversos problemas de salud que a menudo pasaban desapercibidos o se confundían con patologías estacionales. Cuando estas algas proliferan, pueden cubrir el fondo marino con un recubrimiento mucilaginoso marrón que altera el ecosistema local, y el riesgo para los humanos llega a través del aire que respiramos junto al mar y el contacto directo con el agua marina.
A través del oleaje, las toxinas que produce el alga se incorporan a los aerosoles marinos. El viento las transporta hacia la costa, donde pueden ser inhaladas por bañistas, trabajadores de la zona o simples paseantes. La investigación epidemiológica del ICM confirma que la exposición a estos aerosoles provoca síntomas agudos: irritación de las vías respiratorias (tos, congestión nasal), picor en los ojos y, en los casos más intensos, episodios de fiebre cercana a los 38 °C y malestar general. Son efectos que recuerdan a un resfriado o una gripe leve, pero que aparecen de forma repentina en un día soleado de playa y desaparecen poco después de alejarse de la zona afectada, dejando un rastro invisible pero preocupante del desequilibrio marino.
Esta realidad nos obliga a replantear nuestra relación con el litoral de una manera mucho más profunda. La primavera oceánica ya no puede entenderse solo como un ciclo bucólico de renovación biológica, sino como un termómetro preciso e inquietante de la salud de nuestro ecosistema. La globalización, a través de las aguas de lastre de los barcos, por ejemplo, ha facilitado la dispersión de estas especies por todo el mundo, y nuestro modelo de gestión costera —a menudo priorizando la estabilidad artificial de las playas por encima de la dinámica natural— ha favorecido su proliferación desmesurada.
Como decía Sylvia Earle, no existe un “allí lejos” cuando hablamos del mar; lo que ocurre a pocos metros de nuestra toalla, en ese mundo microscópico que despierta con la luz, también refleja un cambio global que afecta directamente a la salud humana. En este contexto, la investigación del ICM no solo nos aporta datos, sino que nos enseña que conocer estos ciclos es nuestra mejor herramienta para convivir con un entorno cambiante. Entender el latido del océano es, en última instancia, la única vía para proteger este gigante azul que, a pesar de nuestras presiones, aún hoy nos regala generosamente la mitad de cada aliento que damos.