Noticias | 29 DICIEMBRE 2022

Mensaje en una botella: la historia de Alek

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En el “A Fondo” de este mes os contamos la historia de un niño de 10 años de Kentucky (EEUU) al que el mar le dio una gran sorpresa.

La botella la arrojaron al mar un equipo de investigadoras e investigadores durante una campaña oceanográfica en 2020 / ICM-CSIC.
La botella la arrojaron al mar un equipo de investigadoras e investigadores durante una campaña oceanográfica en 2020 / ICM-CSIC.

Esta es la historia de Alek, un niño de 10 años de Kentucky (EEUU) que encontró algo muy especial el pasado mes de septiembre de 2021 en una playa de Florida, donde veranea con sus padres. Estamos hablando de una botella de vidrio, pero no una cualquiera: ¡contenía una carta manuscrita dentro! Por un momento el escenario de su vida cambió, como si de un náufrago en una isla desierta se tratara.

De hecho, la sorpresa de Alek al encontrar la botella fue tal que no se atrevió a abrirla en ese momento. Necesitaba estar rodeado de los suyos, de los amigos con los que compartía las tardes de verano, que ese año ya no estaban allí. Por ello, esperó un año entero para abrir junto a ellos la botella.

Y doce meses más tarde llegó el momento. En ese preciso instante, los nervios gobernaban el pulso de cada uno de los amigos, que sin quererlo se habían convertido en los protagonistas de una bonita historia digna de aparecer en la gran pantalla. Lo que tenían en las manos era prácticamente un tesoro para ellos, y según la poca información de la que disponían, se lo podría haber hecho llegar el mismísimo Neptuno quién sabe por qué.

Tras abrir la botella, Alek y sus amigos usaron el traductor para entender el mensaje contenido en ella. Estaba escrito en español, una lengua desconocida para ellos. Era el idioma del grupo de científicas y científicos de distintos centros de investigación españoles, entre ellos el Institut de Ciències del Mar (ICM-CSIC), el Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (IDAEA-CSIC) y la Universidad de Vigo (UV), que escribió la carta.

El grupo habría lanzado la botella en diciembre de 2020, justo después de cruzar el Ecuador durante una campaña oceanográfica que buscaba estudiar el impacto de algunos contaminantes, así como de la materia orgánica de origen antropogénico, sobre el océano.

La carta manuscrita contenía información y fotografías sobre la campaña y sus participantes, además de sus emails para que quién la encontrase pudiera ponerse en contacto con ellos.

6.000 kilómetros a la deriva

Cuando Alek la encontró, la botella había viajado ni más ni menos que 6.000 quilómetros a la deriva en medio del Atlántico, siguiendo el ritmo de las dos corrientes principales que determinan la circulación de esta cuenca: la del Atlántico Norte y la del Atlántico Sur.

Estas corrientes son las responsables de transportar el agua cálida de los trópicos hasta los polos y hacer lo mismo con las frías aguas polares, lo que tiene una influencia importantísima en el clima. De hecho, son estas corrientes, y en concreto la del Atlántico Norte, la que permite explicar, entre otras cosas, que los inviernos sean mucho más fríos en Nueva York que en Barcelona, estando ambas metrópolis ubicadas en la misma latitud.

Bien, pues fue esta misma corriente la que transportó la botella de Alek desde el Ecuador hasta Florida, ubicada aproximadamente a unos 30o de latitud norte. De haberla tirado en otro momento nadie sabe lo que hubiera pasado, ya que, pese a que estas corrientes tienen unos tempos y trayectorias bien definidas, en las últimas décadas han ido perdiendo parte de la estabilidad que las caracterizaba debido al progresivo aumento de las temperaturas, entre otros factores.

Pero dejando de lado los efectos sobre el océano de nuestra huella en la Tierra, esta es una historia de esperanza. El hallazgo de Alek no solo hizo sus vacaciones un poco más emocionantes, sino que el hecho de creer que alguien la encontraría dio fuerzas a la tripulación del Sarmiento de Gamboa –el buque oceanográfico con el que se realizaba la campaña-, que inició su periplo en Vigo y lo acabó en Punta Arenas (Chile), recorriendo así la mitad del Atlántico.