Estudios recientes prueban que la restauración es capaz de recuperar no sólo ecosistemas, sino también sus funciones poniendo el foco en las especies clave como las algas o el coral.

La sociedad necesita proteger, conservar y restaurar los ecosistemas marinos para preservar su bienestar y avanzar de forma sostenible. En la actualidad, gran parte de estos ecosistemas están altamente antropizados, si bien admiten proyectos de recuperación que, idealmente, deberían diseñarse considerando la opinión y las necesidades de todas las usuarias y usuarios del medio marino, entre ellos los bañistas, los gestores, los pescadores y la comunidad científica.
Este escenario ideal, sin embargo, no garantiza volver a tener el ecosistema original, es decir, aquella arena y aquellos mejillones con los que jugábamos de pequeñas y pequeños, sino el que se define como un “ecosistema nuevo”, un ecosistema rehabilitado pero diferente a lo que teníamos en condiciones más prístinas. Esto ha ocurrido, por ejemplo, con muchos arrecifes de coral tropicales -mucho más estudiados que los arrecifes de mares templados como el Mediterráneo o los arrecifes de agua fría, situados a grandes profundidades- gracias al establecimiento y a la buena gestión de algunas áreas marinas protegidas (AMPs).
La eficacia de estas áreas se ha comprobado en varias ocasiones con distintos tipos de especies y entornos. Por ejemplo, un estudio reciente liderado por el ICM-CSIC ha revelado que las AMPs son capaces de recuperar especies en tiempo récord. El trabajo se centra en la recuperación de la cigala (Nephrops norvegicus) en una pequeña área protegida de 10 km2 situada entre los caladeros de Roses y Palamós (Girona), donde la especie se había explotado de forma intensiva durante décadas hasta llegar casi a desaparecer. Los resultados del estudio muestran que la población en el área protegida duplica ahora la de las zonas adyacentes, donde durante los últimos años se ha seguido pescando.
Según la comunidad científica, soluciones basadas en la naturaleza como las AMPs tienen éxito porque consideran la capacidad de ésta de recuperarse eliminando las presiones a las que está sometida de forma constante. Al mismo tiempo, esto garantiza la resiliencia de los ecosistemas y blinda los servicios ecosistémicos que ofrecen a la sociedad. Es por esto que hace tiempo que oímos hablar de ellas, si bien la principal novedad de las establecidas más recientemente es que son transectoriales, es decir, combinan la protección con la recuperación de los hábitats o la gestión sostenible de la pesca, entre otras medidas.
Los principales retos de la restauración
Pese a los buenos resultados, la restauración se enfrenta en la actualidad a cuatro grandes retos. El primero tiene que ver con las “shifting baselines” o cambios en las bases de referencia, un término acuñado por el francés Daniel Pauly que describe un fenómeno de expectativas reducidas donde cada generación considera normal un entorno cada vez más pobre. Con esto, el experto quiso explicar que, pese a que la voluntad sea la de recuperar los ecosistemas prístinos, esto ya no es posible, ya que la influencia humana siempre estará allí.
El segundo de los retos a los que se enfrenta la restauración es la diferente respuesta de las especies a las medidas aplicadas, y esto tiene mucho que ver con sus rasgos de vida, como pueden serlo la velocidad de crecimiento o el hábitat donde viven. Por elloo, es importante adaptar los planes de restauración localmente y tener en cuenta las especies que habitan en cada sitio. En este sentido, las especies de crecimiento lento necesitarán más tiempo para recuperarse, aunque después tendrán mayores posibilidades de sobrevivir, tal y como indican los estudios más recientes.
El tercer gran reto de la restauración es llegar a recuperar la funcionalidad de los ecosistemas, es decir, las funciones que desempeñan a nivel ecosistémico. Según las expertas y expertos, para conseguirlo, es imprescindible centrarse en la recuperación de las especies clave, como son las “formadoras de hábitat”, donde encuentran refugio muchas otras especies. Un buen ejemplo serían las algas marinas, que según ha podido comprobarse son capaces de recuperar la funcionalidad de los ecosistemas en pocos años. Sin embargo, esto también es posible con especies de dinámica y crecimiento mucho más lento como el coral. En este caso, sin embargo, la comunidad científica aboga por replantar colonias grandes para ganar tiempo para recuperar la comunidad.
Por último, el éxito de la restauración marina bebe de la implicación de todas las personas que hacen uso del medio marino, como hemos comentado antes, y por eso son importantes proyectos como el LIFE ECOREST, una iniciativa liderada por el ICM que pretende restaurar 30.000 hectáreas de hábitats marinos entre Vilanova y la Geltrú y Llançà en los próximos cuatro años gracias a la implicación de todas las usuarias y usuarios del medio marino, especialmente el sector pesquero.
Una vez superados estos retos, podremos disfrutar de los numerosos beneficios de la restauración marina, para cuya consecución la comunidad científica más financiación, a más largo plazo y que se sigan criterios estrictamente científicos. Y es que, a su juicio, ésta es la única manera de preservar la biodiversidad y promover su resiliencia ante los impactos del cambio climático.