En el “A Fondo” de este mes nos preguntamos por qué las ciencias sociales son esenciales para la protección y gestión de los espacios marinos.

La inmensidad del océano nos lleva a creer que es infinito: un horizonte azul interminable, con agua y recursos sin fin. ¿Cuántas veces lo hemos observado y nos hemos preguntado dónde termina? Sin embargo, en los últimos tiempos, la verdadera pregunta es: ¿dónde comienza?
La conexión histórica y cultural con el océano
El océano nos conecta con el pasado a través de historias y es parte de la identidad de millones de personas en todo el mundo. Hace casi cinco mil años, los polinesios se aventuraron en el mar guiados por las estrellas y sus conocimientos ancestrales sobre vientos y mareas; hace tres mil años, los fenicios construyeron un vasto imperio comercial navegando el Mediterráneo. Entre el 100 y el 700 d.C, la cultura Moche en la costa norte de Perú desarrollaba avanzadas técnicas de navegación y pesca, utilizando balsas y caballitos de totora para explorar y aprovechar los recursos del océano Pacífico. A lo largo de la historia, el océano ha sido escenario de guerras, conquistas, mitos y leyendas. La base de nuestra civilización se asienta en una conexión profunda entre el mar y los seres humanos, y no podemos imaginar una vida sin él.
Pero ¿dónde realmente comienza el mar? Alrededor del mundo, gran parte de las zonas costeras están densamente pobladas. En Barcelona, por ejemplo, las playas urbanas han cambiado con el tiempo. Entre el siglo XIX y la primera mitad del XX, la industrialización de la ciudad transformó la costa en una línea dominada por infraestructuras industriales, lo que degradó considerablemente la franja litoral. Con el tiempo, la costa se convirtió en un vertedero, recibiendo grandes cantidades de aguas residuales urbanas e industriales. Sin embargo, en la segunda mitad del siglo XX, surgieron diversas iniciativas ciudadanas que promovieron el uso del litoral para el deporte, el ocio y la cultura, así como la preservación de la actividad pesquera y la tradición marinera del barrio de La Barceloneta. De este modo, el mar y la playa frente a él se convirtieron en un símbolo de la ciudad, pero también en un recordatorio de su fragilidad y de la gran responsabilidad que tenemos hacia ellos. Entender la interconectividad de los ecosistemas terrestres y marinos es clave para comprender esta responsabilidad.
La importancia de las ciencias sociales en la gestión marina
Históricamente, las comunidades costeras de todo el mundo han dependido del océano como fuente de alimento y sustento. Según un informe de la FAO de 2018, la pesca y la acuicultura produjeron más de 79.3 millones de toneladas y 28.7 millones de toneladas de pescado, respectivamente, proporcionando aproximadamente 59.6 millones de empleos a nivel mundial y representando el 17% de toda la proteína animal consumida en el mundo. Sin embargo, el cambio climático y la contaminación están afectando al océano, alterando su temperatura, elevando su nivel y acidificando sus aguas. Por ejemplo, el 90% de las aguas residuales urbanas que se vierten en los ríos eventualmente llegan al océano, afectando la salud de los ecosistemas marinos (UNEP, 2020). Así, lo que ocurre en las cuencas hidrográficas y en el trayecto de los ríos puede poner en riesgo no solo la salud del océano, sino también la del planeta y, por ende, la de todos nosotros.
Enfrentar los desafíos de la sustentabilidad del océano es una responsabilidad que requiere una perspectiva que considere la relación entre las personas y el entorno marino. Esta relación es compleja y varía según el contexto: para algunos, el océano es una fuente de alimento; para otros, un espacio de recreación o un recurso vital para la salud mental. Aquí es donde las ciencias sociales marinas desempeñan un papel crucial al buscar soluciones.
La dimensión humana, con sus aspectos sociales, culturales, económicos, de salud y de gobernanza, es esencial para la gestión y conservación efectiva del océano. Las políticas que rigen el uso y preservación de los recursos marinos, desde la economía azul hasta la adaptación al cambio climático, deben estar guiadas por una comprensión de estas dimensiones (Bennett et al. 2017; Christie et al. 2017). Los científicos sociales marinos se centran en temas como la gobernanza, el uso humano, la equidad y la resiliencia social para abordar las preocupaciones relacionadas con la política oceánica.
El océano comienza más cerca de lo que imaginamos, en la playa, en el río que baja desde la montaña y desemboca en el mar, en la delgada línea de la marea más alta, donde las olas tocan la arena y los niños y niñas juegan. La integración de políticas de manejo sostenible que consideren esta interconexión es esencial para proteger nuestros recursos marinos y asegurar un equilibrio ecológico global. Las decisiones sobre su protección deben integrar tanto el conocimiento científico como las voces de quienes, históricamente y por tradición, viven junto al mar. Solo así, con una visión que combine la ciencia con las experiencias y necesidades de las comunidades costeras, podremos construir un futuro donde el océano y la humanidad coexistan en armonía.