En el “A Fondo” de la Newsletter de este mes de febrero os hablamos de unas partículas diminutas de origen biológico que ejercen un papel clave en la determinación del clima.

“L’essentiel est invisible pour les yeux” (lo esencial es invisible a los ojos), decía El Principito. Y no estaba equivocado. Ocurre en Tierra y también en el mar, donde los microorganismos marinos, aunque no los veamos, ejercen un papel clave para el buen funcionamiento de los ecosistemas marinos. Los hay que capturan dióxido de carbono (CO2) y lo transportan al fondo del océano, bacterias capaces de degradar mercurio e incluso especies pertenecientes al plancton que actúan de núcleos de condensación y se comportan literalmente como semillas de las nubes.
Se trata de los aerosoles marinos, partículas diminutas de entre una milésima y una millonésima parte de un milímetro que ascienden hasta la atmósfera por la agitación del agua derivada de la acción del viento o el romper de las olas, entre otros procesos. Asimismo, pueden llegar a la atmósfera a causa del deshielo, que hace que los organismos atrapados en el hielo queden libres y pasen a formar parte de la atmósfera.
Una vez allí, debido a la humedad, estas partículas se transforman en gotas de agua que contribuirán a la formación de nubes. Los lugares predilectos de las científicas y científicos para estudiarlas son las zonas prístinas y alejadas de la civilización. Este es el caso del Ártico y la Antártida, enclaves remotos donde las partículas de origen biológico no se mezclan con las de origen antropogénico y se puede estudiar sin interferencias el rol de los microorganismos marinos en la formación de nubes.
Otro de los motivos por los que es importante viajar hasta las zonas polares para estudiar los aerosoles marinos es porque estas áreas están viviendo mucho más intensamente los efectos derivados de la crisis climática que otras. Por ejemplo, se sabe que el Ártico se está calentando casi cuatro veces más rápido que el resto del planeta, lo que provoca el derretimiento del hielo y, en consecuencia, la emisión a la atmósfera de más aerosoles.
Hasta ahora, las nubes se habían tenido muy poco en cuenta en los estudios del clima polar, si bien ahora son imprescindibles para ajustar las predicciones climáticas, de modo que no queda otra que ahondar en el estudio de su formación. Y es que, por un lado, la capa de nubes determina la cantidad de radiación que nos llega del sol al reflejar parcialmente los rayos, como si de una capa protectora de la faz de la Tierra se tratara, mientras que por el otro retiene el calor, influyendo así en la regulación de la temperatura del planeta.
El estudio de los aerosoles
Para el estudio de estos aerosoles, el Institut de Ciències del Mar (ICM-CSIC) ha creado una serie de ollas experimentales que simulan la producción de estas partículas. Están equipadas con un sistema de sensores sofisticado capaz de analizar la cantidad, el tamaño y la composición química de los aerosoles provenientes de la comunidad planctónica.
Ahora, el grupo que se dedica al estudio de los aerosoles marinos se encuentra bordeando la península Antártica a bordo del buque de investigación oceanográfica (BIO) Hespérides en el marco de la campaña internacional POLAR CHANGE. Participan una treintena de investigadoras e investigadores de 14 nacionalidades distintas y su objetivo es precisamente ahondar en el estudio de los aerosoles marinos.
Para ello, durante la expedición se recogerán muestras de agua de mar y de aire de forma continuada que posteriormente serán analizadas en el microscopio para descifrar las especies que forman los aerosoles marinos e intentar averiguar si existe una relación directa entre el tipo de comunidades y la cantidad de aerosoles producida.