En el “A Fondo” del boletín de este mes os contamos la historia de unas fotografías rescatadas por el ICM-CSIC que ilustran las primeras campañas antárticas.
El aviso de un hallazgo fotográfico poco corriente en un mercado de recuerdos de Barcelona permitió que el Institut de Ciències del Mar (ICM-CSIC) de Barcelona rescatara parte del archivo visual personal de la primera mujer española que ha dirigido una base de investigaciones científicas en la Antártida: Josefina Castellví.
Las instantáneas de la investigadora, que se responsabilizó de la Base Antártica Española (BAE) Juan Carlos I justo después de que entrara en funcionamiento, suponen un respaldo testimonial que complementa los informes científico-técnicos y otros materiales que se han podido conservar de las primeras expediciones antárticas. Unos recursos que, sin duda, reflejan la personalidad y la mirada de la que fue una de las predecesoras de la investigación del continente blanco tras la firma del Tratado Antártico en el año 1988.
Las secuencias fotográficas recuperadas por el ICM-CSIC, que se han podido poner ahora en contexto gracias a otros documentos de autoría y coautoría de Castellví, relatan visualmente fragmentos entrecruzados de experiencias personales de la investigadora durante los años en los que vivió por y para la investigación en el continente blanco.
Por un lado, las instantáneas ilustran su labor como exploradora, científica y jefa de la BAE, mientras que, por el otro, muestran un sinfín de detalles de la infraestructura y de las técnicas de exploración y registro científico que se empleaban, lo que las convierte en recursos que forman parte del propio método científico. Sin embargo, su valor no es meramente descriptivo, pues también permiten visualizar cómo era la vida de las científicas y científicos en uno de los enclaves más remotos de la Tierra, su cotidianidad e incluso simbología.
Historias antárticas
A continuación, se exponen algunas de las piezas del archivo fotográfico personal de Pepita Castellví, que es como la conocían sus compañeros, acompañadas de textos de la biblioteca Carles Bas del ICM-CSIC con el objetivo de que sean los textos y las fotos de este archivo las que cuenten un poco más acerca de las vivencias de la investigadora.
“Aunque el hielo Antártico tiene colores diversos y es un fenómeno largamente descrito, la curiosidad científica cede a la tentación de tomar muestras y observarlas al microscopio. Se trata de poblaciones de algas del plancton marino que han prosperado en los intersticios líquidos que deja el agua al congelarse, formando nichos colonizados a veces por una sola especie que crece hasta llegar a conferir su propio color al hielo”.
La obtención de estas muestras era, a veces, fruto de horas o días de largas conversaciones con el comandante del buque y sus oficiales para que pusieran a disposición del equipo científico la logística necesaria para el muestreo.
“Todos los esfuerzos quedaban compensados cuando finalmente los ojos invadían los objetivos del microscopio y se podían observar en vivo los organismos responsables del color del hielo. La contemplación del fitoplancton y del zooplancton acabados de pescar tienen un encanto particular que solo se puede disfrutar a bordo de los buques oceanográficos. Sus evoluciones y colorido son únicos y se pierden rápidamente en cuanto se fijan con formol o lugol. La rutina del recuento e identificación de especies, que lleva a cabo en los laboratorios de tierra, no tienen nada que ver con la experiencia estética de la contemplación de los organismos vivos”.
“Durante la expedición española ANTARTIC 86 –del 23 de noviembre de 1986 al 10 enero 1987- se prestó especial atención al muestreo de líquenes, pues la cobertura vegetal más importante en el Antártico está formada por comunidades de líquenes cuya diversidad, durante el verano austral, llega a ser espectacular”.
En este caso, según se puede leer en los materiales que se conservan de la campaña, el muestreo consistió en fotografiar al individuo y el entorno donde se desarrolla con anotaciones del lugar preciso de recolección altitud y orientación.
“Generalmente, los ejemplares se muestrean con una parte del sustrato, y tras un secado en el laboratorio, se etiquetan y embalan para su transporte”. El equipo cuenta que con esa estrategia se recogieron alrededor de un centenar de muestras en las islas del Rey Jorge, Decepción y Livingston, donde también se hizo un muestreo de plantas superiores, aunque debido a su rareza en estas latitudes fue muy reducido.
Por último, en el archivo hay referencias sobre la macrofauna del lugar: “El pingüino emperador siempre viaja con la hembra y el hijo. Era divertido ver desde la borda cómo salían del agua y se posaban sobre la roca. Al cabo de unos segundos, indefectiblemente saltaban la hembra y el pequeño”, escribió Josefina.
En estos documentos, Castellví relata que, por aquel entonces viajaba con el Almirante Irízar un científico involucrado en un proyecto de neurología cuyo objetivo era estudiar las neuronas de los cerebros de aves que no volaban, para lo que debía recolectar cerebros de pingüinos.
“Cuando llegamos al mar de Weddell aún no había logrado ningún pingüino emperador. Éramos asiduos compañeros de cubierta y su vista era muy defectuosa a pesar de los prismáticos. A su pregunta de ¿aquél pingüino es un emperador? Confieso que le mentí sistemáticamente, haciéndole creer que se trataba de una especie que ya tenía en su colección. Reconozco que ayudé poco a la ciencia, pero ¿qué derecho tenía un proyecto de neurología a dejar tras de si una viuda y un huérfano?”
En la actualidad, en las bases españolas de investigación del continente blanco se siguen desarrollando numerosos estudios científicos sobre la biología, la geología y el clima del lugar. La continuidad de estas investigaciones ha permitido ampliar los conocimientos sobre el planeta y el cambio climático, además de descubrir muchas nuevas especies, entre otros.
“Los conocimientos que la comunidad científica está adquiriendo sobre la Antártida probablemente podrán ser aplicados en distintos aspectos de la vida práctica dentro de unas décadas. En los años 90 los científicos todavía vamos a la escuela de la Antártida para acumular conocimiento que un día utilizará la humanidad”, avanzaba Castellví en el epílogo del libro “Yo he vivido en la Antártida”.